Cuando una sorpresa se convierte en una pedida de mano

Toda gran boda comienza con una petición de mano o, al menos, así estamos acostumbrados a que ocurra. Mi aventura para vestirme de blanco también comienza así. Lo diferente es que la sorpresa se la iba a dar yo a Ángel, mi pareja, (no pensaba en boda ni mucho menos) pero al final del día la sorprendida era yo. Es un poco lioso de explicar, así que es mejor que vaya por partes.

Un mes antes me habían regalado por mi cumpleaños un bono para dos para disfrutar de un circuito spa. Él era consciente de eso, pero dejó a mi criterio que eligiera yo el día y el momento en que quería disfrutar de este tratamiento tan relajante. Y así lo hice. Como  él trabaja de lunes a sábados el único día libre para poder disfrutar del spa tenía que ser un domingo. Esa semana le fui preparando para el momento y le dije que no planeara nada para ese día que tenía una sorpresa.

La verdad es que esa semana intentó sonsacarme qué planes tenía yo para el domingo. No tuvo surte conmigo. Fui como una tumba. El sábado aproveché que él estaba trabajando para meter en el maletero de mi coche las mochilas con los bañadores, ropa interior y toallas para cambiarnos en los vestuarios del spa sin que él se enterara de nada.

Ya el domingo me preguntó qué tipo de vestimenta debía llevar, a lo que le contesté que con unos vaqueros y una camiseta estaba bien. Le vendé los ojos mientras conducía hacia un spa de Torrevieja y una vez allí su sorpresa fue mayúscula: ¡íbamos a pasar una mañana la mar de relajados!

Pero la cosa no acabó ahí. Aunque yo pensaba ir a comer a casa y descansar un poco del ajetreo que llevábamos ambos esa semana, Ángel se empeñó en que teníamos que comer fuera y que quería hacerlo en el Santuario de la Fuensanta. A regañadientes le dí las llaves de mi coche para que condujera él. Cuando aparcó se las arregló para engañarme diciéndome que íbamos a ir andando hacia un bar que estaba un poco más arriba (yo no veía nada, la verdad). Tras quejarme un par de veces y él temiendo que yo me diera la vuelta y volviera al coche, me animó a acercarnos a un mirador. Me tapó los ojos y… lo que yo pensaba que iba a ser un día sorpresa para él, se convirtió en una sorpresa para mí. ¡Exacto! ¡Suenan campanas de boda!